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LAS LECCIONES DE ABISMO DEL PROFESOR VERNE (IV)

Mundus Subterraneus Viernes, 17 Abril 2009 23:00

 

 

Lecciones IX a XIIdromos

 

" Acabamos de ver que estamos en un laberinto, como el jardín de Borges, de senderos que se bifurcan. 'Aquí el camino se divide en dos partes...', 'hay dos puertas del Sueño...' En las cuevas del mundo real pasa otro tanto de lo mismo. Con frecuencia es necesario explorar distintos ramales de una encrucijada, en busca del camino correcto (el que más adentro lleva), ramificaciones que terminan muchas veces en cul-de-sac, en viajes a ninguna parte que hay que desandar para volver a la senda principal. Lo que no impide que estos intentos fallidos nos hagan descubrir de rebote nuevos y raros parajes, por los que merece la pena perderse. El trío de expedicionarios del 'Viaje al Centro de la Tierra' se enfrentará a este dilema..."

 

 

 aeneasJan Brueghel, el joven: "Eneas y la Sibila de Cumas descienden al Averno"

 

 

LECCIÓN IX: RETROCEDER, ESTO ES LO ARDUO

¿A qué se refiere Axel con lo de facilis descensus Averni? Verne nos está señalando aquí la boca de entrada a un túnel, el que lleva a los infiernos, al reino de los muertos, en la Eneida. Y la pista no es gratuita. El canto VI de la Eneida relata el descenso al Averno, a través de terroríficas cavernas, del héroe troyano Eneas. virgilioCiertos pasajes de los versos de Virgilio parecen servir de inspiración al autor de 'Viaje al centro de la Tierra' para los ambientes y peripecias de su novela. Y el esquema es el mismo que el de otras incursiones al mundo subterráneo de héroes de la mitología clásica, sean Orfeo, Hércules o Teseo.

Publio Virgilio Marón

Llegado Eneas a las costas de Italia, se encamina a la cueva de la Sibila de Cumas, tan prestigiosa en la época como la de Delfos, y oído su oráculo, implora de ella que le conduzca a las mansiones infernales, "reinos inaccesibles para los vivos", para volver a ver a su difunto padre Anquises. La sacerdotisa se presta a pilotarle a través de "estas sombrías regiones, nunca alumbradas por el sol", a "la mansión de las Sombras, del Sueño y de la soporífera Noche". He aquí otra vez el arquetipo mítico del guía, que es una constante. Siempre ha de haber un predecesor que indique el camino. Orfeo siguió los pasos de Hércules y de Piritoo. El mismo Virgilio, reencarnado trece siglos más tarde en personaje literario, oficiará de guía de Dante al adentrarse en los cavernosos círculos del infierno.

Han pasado dos milenios, y con la traducción se han quedado por el camino métrica, rima y ritmo, pero unos cuantos retazos recortados a tijera y pegados en collage del canto VI de la Eneida pueden dar una idea de los ambientes que conoce Eneas en su periplo por el mundo subterráneo, sin que se pierdan del todo la intensidad poética y la belleza de la escritura. Los fragmentos están en prosa, pero pruebe a leerlos como si fueran versos libres:

"Eneas se encamina [...] a la recóndita inmensa caverna de la pavorosa Sibila. [..] .Allí se ve también aquel asombroso edificio (el laberinto de Dédalo) donde no es posible dejar de perderse;

grutadelasibiladecumas

 Una de las faldas de la roca eubea se abre en forma de inmensa caverna, a la que conducen cien anchas bocas y cien puertas, 

a la entrada de la cueva, mutósele el rostro y perdió el color y se le erizaron los cabellos;
revuélvese como una bacante en su caverna la terrible Sibila [y responde:] 'Llegarán, sí, los descendientes de Dárdano a los reinos de Lavino; arranca del pecho ese cuidado; pero también desearán algún día no haber llegado a ellos.'

Sibila cumasCon tales palabras anuncia entre rugidos la Sibila de Cumas, desde el fondo de su cueva, horrendos misterios, envolviendo en términos oscuros cosas verdaderas;
Eneas: 'Una sola cosa te pido, pues es fama que aquí está la entrada del infierno, aquí la tenebrosa laguna que forma el desbordado Aqueronte; séame dado ir a la presencia de mi amado padre; enséñame el camino y ábreme las sagradas puertas.'
'hijo de Anquises, fácil es la bajada del Averno; día y noche está abierta la puerta del negro
pero retroceder y restituirse a las auras de la tierra, esto es lo arduo.
mas si un tan grande amor te mueve, si tanto afán tienes de cruzar dos veces el lago Estigio, de ver dos veces el negro Tártaro, y estás decidido a probar la insensata empresa...'

llegaron a las bocas del fétido Averno
Había cerca de allí una profunda caverna, que abría en las peñas su espantosa boca, defendida por un negro lago y por las tinieblas de los bosques,
Eneas: 'es la ocasión de mostrar entereza y valor'. Dicho esto, lánzase por la boca de la cueva,
'¡Oh vastas moradas de la noche y del silencio! [...] ¡Consiéntame vuestro numen descubrir los arcanos del abismo y de las tinieblas!'
Solos iban en la nocturna oscuridad
En el mismo vestíbulo y en las primeras gargantas del Orco tienen sus guaridas el Dolor y los vengadores Afanes; allí moran también las pálidas Enfermedades, y la triste Vejez, y el Miedo, y el Hambre, mala consejera, y la horrible Pobreza, figuras espantosas de ver, y la Muerte, y su hermano el Sueño, y el Trabajo, los malos Goces del alma.

Guarda aquellas aguas y aquellos ríos el horrible barquero Caronte, cuya suciedad espanta; [...] él mismo maneja su negra barca con un garfio, dispone las velas y transporta en ella los muertos;
Enfrente, tendido en su cueva, el enorme Cerbero atruena aquellos sitios con los ladridos de su trifauce boca. Viendo la Sibila que ya se iban erizando las culebras de su cabello, le tiró una torta amasada con miel y adormideras, que él, abriendo sus tres bocas con rabiosa hambre, se tragó al punto, dejándose caer en seguida y llenando con su enorme mole toda la cueva. Al verle dormido, Eneas sigue adelante y pasa rápidamente la ribera del río que nadie cruza dos veces.

 

Caronte DoreEl barquero Caronte, según Gustavo Doré. Ilustración para 'La Divina Comedia' de Dante

 

 'La voluntad de los dioses [...] me obliga a penetrar por estas sombras y a recorrer estos sitios, llenos de horror y de una profunda noche' 

Este es el sitio en que el camino se divide en dos partes: la de la derecha, que se dirige al palacio del poderoso Plutón, es la senda que nos llevará a los Campos Elíseos; la de la izquierda conduce al impío Tártaro, donde los malos sufren su castigo
luego se abre el mismo Tártaro, espantoso precipicio, que profundiza debajo de las sombras el doble de lo que se levanta sobre la tierra el etéreo Olimpo. Allí, en lo más hondo de aquel abismo, ruedan precipitados del rayo los Titanes, antiguo linaje de la Tierra".


[En los Campos Elíseos Eneas se reencuentra con el espectro de su padre Anquises, que mora entre los bienaventurados. Anquises pronuncia un discurso sobre el alma universal, en uno de los paisajes más celebrados de la Eneida].

Anquises: 'Desde el principio del mundo un mismo espíritu interior anima el cielo y la tierra, y las líquidas llanuras y el luciente globo de la luna, y el sol y las estrellas; difundido por los miembros, ese espíritu mueve la materia y se mezcla al gran conjunto de todas las cosas; de aquí el linaje de los hombres y de los brutos de la tierra, y las aves, y todos los monstruos que cría el mar bajo la tersa superficie de sus aguas. Esas emanaciones del alma universal conservan su ígneo vigor y su celeste origen mientras no están cautivas en toscos cuerpos y no las embotan terrenas ligaduras y miembros destinados a morir; por eso temen y desean, padecen y gozan; por eso no ven la luz del cielo, encerradas de las tinieblas de oscura cárcel. [...]'

Hay dos puertas del Sueño, una de cuerno, por la cual tienen fácil salida las visiones verdaderas; la otra, de blanco y nítido marfil, primorosamente labrada, pero por la cual envían los manes a la tierra las imágenes falaces".

(Virgilio, 'Eneida', canto VI)



LECCIÓN X: SABER SOPORTAR LAS PENURIAS

Abandonemos en este punto la exploración de los túneles colaterales de Virgilio, para regresar, antes de extraviarnos del todo, a la galería principal de la cueva, que es la de Verne. Acabamos de ver que estamos en un laberinto, como el jardín de Borges, de senderos que se bifurcan. "Aquí el camino se divide en dos partes...", "hay dos puertas del Sueño..." En las cuevas del mundo real pasa otro tanto de lo mismo. Con frecuencia es necesario explorar distintos ramales de una encrucijada, en busca del camino correcto (el que más adentro lleva), ramificaciones que terminan muchas veces en cul-de-sac, en viajes a ninguna parte que hay que desandar para volver a la senda principal. Lo que no impide que estos intentos fallidos nos hagan descubrir de rebote nuevos y raros parajes, por los que merece la pena perderse. El trío de expedicionarios del 'Viaje...' se enfrentará a este dilema.

"nos hallábamos en el centro de una encrucijada de la que partían dos caminos oscuros y estrechos".

( Cap. 19)

Dos sendas, como en la Eneida, conducen, una a los Campos Elíseos o la gloria, la otra al Tártaro, espantoso precipicio donde los malos (y los imprudentes) sufren su castigo. Estamos en el asombroso edificio donde es imposible dejar de perderse, y eso es lo que les espera a los audaces viajeros, que toman el túnel equivocado. Su imprevisión en el tema del agua les acarreará graves consecuencias.

"el hambre y la fatiga me incapacitaban para razonar. No se hace impunemente una marcha durante siete horas consecutivas. Estaba extenuado".

(Cap. 18)

Más de una vez debimos pasar reptando a través de estrechos pasajes.

(Cap. 19).

Gatera Tim Curtis"Gatera". Imagen de Tim Curtis

 

Más de una vez en las cuevas reales debemos pasar reptando a través de 'gateras', pasos angostos y rendijas que es obligado franquear si se quiere continuar el viaje. A veces son una mera ventana, otras un largo agujero no apto para propensos a la claustrofobia; en ciertas ocasiones hay que escarbar en la tierra para ensancharlas. Se dan muchos casos (Basaura, Zatoya, Urziloa...) en los que las gateras constituyen la verdadera entrada a la galería principal del complejo, y quien no supere el mal trago de atravesarlas se pierde la cueva. No hay otro ábrete-sésamo.

Pueden ser tubos tan estrechos que hay que despojarse de mochila, carburera y hasta de las cuerdas, que abultan para la progresión, y empujar con fuerza para conseguir introducir el cuerpo, cuyo pecho y espalda van rozando las paredes. No todos consiguen pasar. Recientemente, el miembro más corpulento de nuestro grupo, que venía el último, se quedó atascado en una de estas endemoniadas gateras, estrecha, serpenteante y encharcada como ella sola, y tras varias intentonas y forcejeos, se vio obligado a desistir y abandonar ahí el viaje. Le pasamos, estirando los brazos a través del orificio, un poco de chocolate de despedida, y reemprendimos la exploración con un compañero menos. Estas cosas se propagan como la pólvora entre nuestros círculos de amistades, y al día siguiente nuestro colega ya tenía el siguiente mensaje SMS en su móvil: 'Ya me he enterado que vas a dejar las cuevas y dedicarte al sumo'.

 

Gatera Dudley bug "Laminador". Imagen de Dudley bug

"Mi mayor preocupación era la de no perder a mis compañeros de viaje. Me estremecía la idea de extraviarme en las profundidades de aquel laberinto".

(Cap. 19)

Axel está aquí exteriorizando uno de los más profundos terrores que subyacen en el inconsciente de los que exploramos cuevas. La pérdida en el laberinto. No hay peligro más temido para un cuevero, pues desorientarse en las cavernas puede ocasionar un rosario de calamidades, como quedarse sin luz en la negrura absoluta, y a continuación quedarse sin agua y sin alimentos, quizá por varios días, atacados por el frío y la humedad, y por una sensación de impotencia total, con la sola y débil esperanza de que alguien organice un rescate desde el exterior, en una espantosa agonía que sería lo más parecido a ser enterrados vivos.

Pero el trío de viajeros no se ha extraviado. Sólo se ha equivocado de túnel. Lidenbrock, con su metodología científica, va anotando en todo momento las coordenadas exactas de su situación. Y procede por eliminación. La galería no parece la buena, pues en vez de bajar tiende a ser horizontal e incluso a ascender. Pero la única forma de verificarlo es recorriéndola hasta su final. Aunque ello suponga malgastar varios días en un movimiento en falso.

"¿[...] se había equivocado al escoger el túnel del Este, o es que quería reconocer ese pasaje hasta su extremidad?
[...]

– Es posible que me haya equivocado. Pero no estaré seguro de mi error hasta que haya alcanzado la extremidad de esta galería.

– Tiene usted razón en proceder así, tío, y yo estaría de acuerdo con usted si no cupiese temer un peligro cada vez más alarmante.

¬_¿Cuál?

– La falta de agua.

– Pues habrá que racionarla, Axel".

(Cap. 19)

Cualquier cosa antes que retroceder dejando la exploración a medias. Ése es el espíritu del auténtico explorador, del verdadero viajero. Sólo con perseverancia se pueden desvelar los arcanos del laberinto. Sólo con tenacidad se allanan los innumerables escollos del camino. Sólo con fuerza de voluntad se puede uno aproximar a la meta, al centro de la Tierra.

 

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"Las tinieblas, insondables a veinte pasos de distancia, nos impedían estimar la longitud de la galería. Yo empezaba a creerla interminable cuando súbitamente, hacia las seis, topamos inopinadamente con un muro. Ni un solo paso a la derecha, a la izquierda, por arriba o por abajo. Habíamos llegado al fondo de un túnel sin salida".

(Cap. 20)

– [...] mañana nos faltará totalmente el agua.
– ¿Y nos faltará también el valor? – dijo el profesor mirándome con severidad.
No me atrevía a responderle".

(Cap. 20)

Los expedicionarios han invertido cinco días en recorrer el callejón sin salida. Les quedan ahora otras tantas jornadas de vuelta hasta la bifurcación donde se les planteó el dilema. Y en toda la galería no han encontrado ni una gota de agua. El neófito es sometido a la prueba de la sed.

"No insistiré demasiado en los sufrimientos de nuestro regreso. Mi tío los soportó con la cólera de quien se siente humillado; Hans, con la resignación de su pacífica naturaleza; yo, lo confieso, quejándome y desesperándome ante tanto infortunio.
Tal como lo había previsto, el agua se acabó al final del primer día. Nuestra provisión de líquido se reducía a la ginebra".

(Cap. 21)

Muchos aficionados a la espeleo coinciden en afirmar que la vida del cuevero es muy miserable, que se pasan en ella muchas penurias. Axel está empezando a experimentarlas en sus propias carnes. Hasta los monstruos y furias del inframundo se lo habían advertido a Orfeo cuando bajó al Averno en busca de Euridice, su difunta amada: "Altro non abita / Che lutto e gemito / In queste orribili / Soglie funeste!" (Nada sino el dolor y el lamento vive en estos horribles y funestos parajes).

Cuando su sobrino está a punto de desfallecer, Lidenbrock tiene su primer rasgo de humanidad. Deja de ser el terrible profesor y aflora en él el amor de tío. Un poco de agua que guardaba en secreto en su cantimplora le sirve para aliviar el suplicio del joven. Axel se reanima, pero ante el problema irresoluble del agua, propone una vez más tirar la toalla.

"Ahora – dije – no nos queda otro partido que regresar. Nos falta el agua.
[...]
Así pues, Axel – dijo el profesor en un tono extraño –, esas gotas de agua, ¿no te han devuelto el coraje y la energía? [...]

Pero ¿qué clase de hombre era mi tío? ¿Qué proyecto podía aún concebir su ánimo audaz?

--¿Cómo? ¿No quiere usted...?

--¿Renunciar a esta expedición, cuando todo indica que el éxito puede coronarla? ¡Jamás!

– Entonces, ¿hay que resignarse a perecer?

– No, Axel, no. Regresa. Yo no quiero tu muerte. Que te acompañe Hans. Déjame solo".

(Cap. 21)

De buenos espeleólogos es no rendirse al primer obstáculo. Lidenbrock está hecho de esa pasta. "Su único pensamiento era continuar avanzando" (cap. 19). Mas antes deberá convencer y contagiar de ese entusiasmo a su discípulo que, abrumado por las adversidades, no comparte pareja determinación. Y pone en ello todas sus dotes retóricas de catedrático de universidad.

"Cuando Colón pidió tres días a sus tripulaciones para hallar las tierras nuevas, sus tripulaciones, a pesar de estar enfermas, espantadas, accedieron a su demanda, y él pudo descubrir el Nuevo Mundo. Yo, el Colón de estas regiones subterráneas, no te pido más que un día más".

(Cap. 21)

La autocomparación con Cristóbal Colón es muy pertinente. Lidenbrock es un auténtico Colón de las regiones subterráneas porque está explorando las entrañas de un Nuevo Mundo. ¿Qué compañero le dejaría en la estacada a estas alturas? Axel, aunque a regañadientes, se ve moralmente obligado a renunciar a la deserción. La exploración es reemprendida por el otro túnel. El agua sigue sin hacer acto de presencia durante leguas. La sed se convierte en una tortura insoportable y Axel llega al límite de sus fuerzas.



LECCIÓN XI: PRESCINDIR DE LAS SUPERFLUAS NECESIDADES TERRESTRES

"Todo había terminado, en efecto, pues impensable era ya volver a la superficie en el estado de debilidad en que me hallaba.
[...]
De repente, en medio de mi amodorramiento, creí oír un ruido".

(Cap. 22)

El término 'amodorramiento' empleado por Axel para describir su estado nos trae a la cabeza otro texto, perteneciente esta vez al mundo real. Es una reseña extraída de los informes recopilados en '20 años de Espeleología en Navarra'. Permítasenos insertarla aquí, para seguir con el juego de confrontar los textos literarios de Verne con los textos informativos de los auténticos espeleólogos, a fin de poner de relieve sus concordancias y diferencias. En 1948 los autores realizaban la exploración de una cueva del valle de Irañeta, habiendo bajado una honda sima acompañados de un estudiante que no tenía "ni idea de lo que es una cueva". Al remontar la sima de vuelta, ocurrió lo siguiente, según el informe:

"Inmediatamente sigue el ascenso mi compañero que, como es bastante más pesado, lo hace peor, pero consigue llegar a la cornisa, donde empieza a dar muestras de fatiga, y sobre todo de lo que nosotros llamamos 'modorra', pues entonces no sabemos lo que es el mal de las cavernas; nos quedan 15 metros que remontar, de los cuales los siete primeros son en extraplomo. [...] entre los dos echamos otra cuerda para que se ate a la cintura nuestro compañero, [...] Comenzamos a tirar, pero comprendemos que nuestro amigo está muy cansado, lo tenemos que subir en vilo, pero dado que hay un fuerte roce de cuerda, es imposible izarlo sin que nos ayude; llega al techo o voladizo y lo aplastamos materialmente sin que pueda superarlo... probamos una, dos, tres veces y, claro está, se encuentra cada vez con menos fuerza; nos comenta que él se halla muy bien en la cueva y que vayamos al exterior para buscar refuerzos. [...] Bajo el rappel a la cornisa y me sitúo con Miguel, que reposa tranquilamente en un rincón con la clásica sonrisa del que se encuentra bajo sopor, y pienso para mi interior que es posible que en el fondo de la sima, mientras que hemos permanecido, pudiéramos haber inhalado anhídrido carbónico, que es lo que da lugar a estas pocas ganas de todo lo que hay alrededor."

(Varios autores. '20 años de Espeleología en Navarra', 1976, pp 39-40. Añadamos que el final fue feliz, pues consiguieron sacar a su compañero del pozo, tras seis horas de rescate).

Hans encuentra agua, al detectar el sonido que produce un torrente al otro lado de una pared. Ése era el ruido que creía oír Axel en medio de su modorra. Con ayuda de un pico, Hans abre una brecha y de ella surge un manantial de aguas calientes, creando un arroyo que corre por los pasadizos hacia los niveles inferiores, siguiendo la ley de la gravedad. Qué mejor guía para conducirnos directos rumbo al centro de la Tierra. Los viajeros sacian su sed y llenan sus cantimploras.

"con este arroyo de compañero no hay ya razón alguna que nos impida alcanzar nuestro objetivo.

– ¡Ah! Ya vas convenciéndote, muchacho".

(Cap. 23)

La aparición del agua ha sido providencial, pero choca que haya sido tan tardía. Lo normal en una cueva es que la presencia del agua sea constante y abundante, en forma de goteras, coladas, charcos, ríos y hasta lagos, y lo inhabitual precisamente es encontrar galerías secas. Podría esto ser achacable al componente de lavas del suelo volcánico que han pisado hasta ahora los viajeros, pero lo cierto es que Julio Verne no menciona en su novela al agua como elemento esencial del proceso de creación de las cavernas por disolución de su manto de calizas, o por la abrasión producida por derrubios arrastrados por la fuerza de las corrientes fluviales. Sea como fuere, el hecho es que, en la realidad, es muy frecuente que para recorrer una cueva tengamos que ir siguiendo el curso de un arroyo subterráneo, que es un guía infalible para dirigirse hacia los niveles más profundos de la tierra, tal como hace el terceto del libro.

"no se trataba más que de descender.
– ¡Partamos! – dije, despertando con mi voz entusiasta los viejos ecos del Globo".

(Cap. 24)

"Mi tío maldecía de la horizontalidad del camino que ofendía en él al hombre de las verticales que era".

(Cap. 24)

El viaje hacia el centro del Globo es, como la peregrinación al Averno, un viaje hacia abajo. Un descenso a lo inferior, que es como decir a lo infernal. De ahí que los tramos horizontales impacienten a Lidenbrock, y los verticales sean, por el contrario, bienvenidos con alborozo.

 



"se abrió de repente a nuestros pies un pozo espantoso. Mi tío palmoteó de gozo al ver su profundidad y la inclinación de sus pendientes.
– Nos llevará lejos, y con facilidad, pues los salientes de las paredes forman una verdadera escalera.
Hans dispuso las cuerdas para evitar todo accidente. Comenzamos el descenso, que no me atreveré a calificar de peligroso, pues ya estaba yo familiarizado con ese género de ejercicio".

(Cap. 24)

Axel está empezando a ser víctima de otro tipo de peligro que no es tan evidente en las cavernas: el exceso de confianza. Por muy familiarizado que uno se crea con los ejercicios de trepar y destrepar, los riesgos se agazapan en todos los rincones de la cueva, y es precisamente en los sitios más fáciles, los que nadie calificaría de peligrosos y por ello se baja la guardia, donde tienen lugar los percances más inesperados. Los resbalones, las caídas, las costaladas.

"la galería, ora recta, ora sinuosa, tan caprichosa en sus pendientes como en sus revueltas, [...] nos conducía rápidamente a grandes profundidades".

(Cap. 24)

Los tres viajeros están ya, según sus cálculos, fuera de Islandia y bajo el océano Atlántico, cuya inmensidad pende sobre sus cabezas. Todo el mundo conocido, las urbes, los continentes, el mar, está allí arriba, encima de ellos, pero separado de ellos por una inmensa masa rocosa que se supone infranqueable.

"Nos habíamos acostumbrado ya a esta existencia de trogloditas. Yo no pensaba ya apenas en el sol, las estrellas, la luna, los árboles, las casas, las ciudades, en todas esas superfluidades terrestres de las que los sublunares han hecho una necesidad. En nuestra calidad de fósiles no echábamos de menos esas inútiles maravillas".

(Cap. 25)

Parece como si Axel le estuviera cogiendo por fin gusto a la vida intraterrestre. El novicio evoluciona favorablemente hacia su autorrealización. Contrastemos su comentario con el siguiente, extraído de un informe del espeleólogo Juan Mary Feliú en el transcurso de una exploración pionera a la sima de San Martín, en 1965, dentro de la cual llevaban los expedicionarios varias semanas:

"¿Comemos?, ¿almorzamos? Ya uno no sabe de horas, ni de días... comes cuando te apetece, duermes cuando hay sueño, en fin, una vida fantástica".

(Varios autores. '20 años de Espeleología en Navarra', pág. 90)

El profesor consulta sus notas y estima la profundidad alcanzada en 16 leguas (casi 90 kilómetros). Ni las mayores simas hasta hoy descubiertas en el mundo, ni las más profundas prospecciones artificiales han llegado tan lejos. A partir de aquí todo son especulaciones. Pero esa corteza impenetrable es perforada por la mente de Verne, que pone a Lidenbrock por testigo de lo que hay más allá.

"– ¡Pero si éste es el límite extremo asignado por la ciencia al espesor de la corteza terrestre!

– No digo que no.

– Y aquí según la ley del aumento de la temperatura, debería hacer un calor de mil quinientos grados.

– Debería, muchacho.

– Con lo que este granito no podría mantenerse en estado sólido y debería estar en fusión.

– Como ves, no ocurre así, y los hechos, según su costumbre, vienen a desmentir las teorías".

(Cap. 25)

¿A quién debemos creer? ¿A la ciencia y sus teorías especulativas del magma central, todavía hoy vigentes pese a la ausencia de pruebas y testigos, o a la intuición de Julio Verne, que supo imaginar tantos proyectos, tachados de fantasiosos por sus contemporáneos, que luego se convirtieron en realidad?

Axel aún se resiste a continuar el viaje, y aprovecha toda ocasión que se le presenta para argumentar la imposibilidad material de realizarlo, y lo conveniente de abandonar.

"– Pues bien, dieciséis leguas son tan sólo la centésima parte del radio terrestre. Lo que quiere decir que, de continuar así, invertiremos en el descenso dos mil días, o sea, casi cinco años y medio.
El profesor no respondió".

(Cap. 25)

El sobrino continúa haciendo números con las distancias y profundidades para deducir, por añadidura, que no van en la buena dirección.

– ¡Al diablo tus cálculos! – replicó mi tío, en un movimiento de cólera –. ¡Al diablo tus hipótesis! ¿En qué se basan? ¿Quién te ha dicho que esta galería no vaya directamente a nuestro objetivo? Además, hay un precedente. Lo que yo estoy haciendo, otro lo ha hecho ya, y donde él triunfó, yo triunfaré a mi vez".

(Cap. 25)

Aparte del supuesto aumento de la temperatura, hay otras dos cuestiones que debería plantearse todo el que se acerque al centro del planeta. La gravedad y la presión. Veamos qué dice el profesor al respecto.

"la intensidad de la gravedad irá disminuyendo a medida que descendamos. Como sabes, es en la superficie donde más se deja sentir su acción, en tanto que en el centro de la Tierra los objetos no pesan nada".

(Cap. 25)

 

 

De la tierra a la lunaIlustracion de la tierra a la luna

                         Ilustración de 'De la Tierra a la Luna', por Emile Antoine Bayard



Hay aquí un paralelismo curioso con otro viaje verniano, el 'De la Tierra a la Luna', escrito al año siguiente, donde los astronautas han de atravesar un área en que las atracciones gravitatorias de planeta y satélite se anulan mutuamente, y se pasan un tiempo flotando en gravedad-cero dentro de la cápsula lunar. Tal cual sucedería cien años después con los cosmonautas del programa Apolo. Julio Verne lo había previsto.

Pero, ¿qué puede suceder con la presión? En teoría, cuanto más se profundiza mayor es el número de atmósferas que los cuerpos deben soportar. El mismo aire se densificaría.

"Pero dígame, ¿no acabará este aire adquiriendo la densidad del agua?

– Sin duda, bajo una presión de setecientas diez atmósferas.

– ¿Y más abajo?

– Más abajo, la densidad será aún mayor.

– ¿Cómo descenderemos entonces?

– Meteremos piedras en nuestros bolsillos".

(Cap. 25)

No sabemos si es una simple boutade de Lidenbrock, o si está empezando a mostrar síntomas de 'embriaguez de las profundidades', pero la respuesta se las trae, y evidencia una vez más la pétrea determinación que empuja al profesor en pos de su objetivo, que no se arredra ni ante presuntos imposibles de la lógica o de la física. La verificación sólo puede venir de la mano de la exploración; ahora bien, lo de colocarse piedras para aumentar peso con el fin de sumergirse en aire líquido empieza a sonar más bien a espeleobuceo. Aunque este tema lo dejó Verne para tocarlo en '20.000 leguas de viaje submarino'.

"Durante algunos días, una serie de rápidas pendientes, algunas de ellas espantosamente verticales, nos adentraron profundamente en el macizo interno".

(Cap. 26) 

LECCIÓN XII: NO PERDER NUNCA LOS NERVIOS

La travesía empieza a afectar mentalmente a los expedicionarios. Comienza la transformación psíquica del novicio. En el acercamiento a lo inefable, empiezan a sobrar las palabras y a imperar el silencio.

"Su mutismo [el de Hans] aumentaba de día en día, y empezaba a contagiárnoslo. Los objetos exteriores ejercen una acción real sobre el cerebro. Quien se encierra entre cuatro paredes acaba por perder la facultad de asociar las ideas a las palabras".

(Cap. 26)

Y el aspirante a la iniciación es sometido a una nueva prueba, quizá la más terrible.

"El 7 de agosto, nuestro ininterrumpido descenso nos había llevado a una profundidad de treinta leguas, lo que quería decir que pendían sobre nosotros treinta leguas de rocas, de océano, de continentes y de ciudades.
[...]

De repente, al volverme, me di cuenta de que estaba solo".

(Cap. 26)

Unas palabras sencillas, una frase aparentemente anodina, pero preñada de negros presagios.

"Volví sobre mis pasos y anduve durante un cuarto de hora, sin ver a nadie. Llamé, sin obtener respuesta. Mi voz se perdía en medio de los cavernosos ecos que suscitaba [...]. Continué subiendo durante media hora, siempre al acecho de una llamada que, en la densidad de esa atmósfera, podía provenir de lejos. Pero el silencio más ominoso reinaba en la inmensa galería".

(Cap. 26)

"Mi situación se resumía en una sola palabra: ¡Perdido!
Sí, perdido en una profundidad inconmensurable [...]. Pues, ¿qué potencia humana podría devolverme a la superficie del Globo y separar aquellas inmensas bóvedas que pendían sobre mi cabeza? ¿Quién podría conducirme al camino de retorno para reunirme con mis compañeros?"

(Cap. 27)

Tras días de infructuosa búsqueda de sus compañeros, Axel ha de rendirse por fin a la evidencia: "Estaba enterrado vivo" (cap. 27). Nos hallamos ante la prueba de la pérdida en el laberinto. El mayor terror de quienes exploran cuevas. Y la causa ha sido el exceso de confianza.

Hasta ahora, los extravíos de los expedicionarios por callejones sin salida habían sido controlados. Esta vez la cosa va en serio. El mundo subterráneo es también el reino de los muertos. Perderse solo en esas inmensas profundidades equivale a una muerte segura. Pero lo peor no es la muerte. Es la larga agonía que espera al desdichado. Morirá solo, lejos de los suyos, lejos del mundo, en la más absoluta oscuridad, tras sufrir durante interminables días los tormentos del hambre y de la sed. Enterrado vivo. ¿Cabe mayor espanto?

La sombra de Edgar Allan Poe parece estar rondando otra vez por el relato. Poe, explorador de todos los terrores del subconsciente humano, recreó la obsesión y el pánico del hombre a ser sepultado vivo en su cuento 'El enterramiento prematuro'. Axel se verá abocado a padecer semejante infortunio.

También Fernando Savater tiene algo que decir sobre el tema:

"En todo tiempo, lo que está abajo ha sido particularmente tentador: allí se encuentra el reino de los muertos, pero también los tesoros ocultos; [...] allí lo más profundo, lo más hondo, que por intuición verbal se nos antoja lo más estimable; allí yace todo lo podrido, pero también lo olvidado, lo temido, lo que debe ocultarse, es decir, ser enterrado; ahí nos esperan las tinieblas más opacas --muertos o vivos acabaremos yendo a ellas, bajar vivos nos previene para el descenso definitivo--, todo lo negado a la luz del día; [...] de lo inferior, de lo oscuro, de lo cerrado, de la tierra salimos un día; a ella volveremos cualquier noche."

(F. Savater, 'La infancia recuperada', cap. III: 'El viaje hacia abajo')

De la tierra venimos; bajo la tierra iremos, tarde o temprano. Más vale que nos vayamos acostumbrando a la idea. Pues, como dice Tom Waits, no somos sino muertos de vacaciones. Unas vacaciones efímeras como un relámpago entre dos noches eternas. Estábamos muertos antes de venir aquí, y lo seguiremos estando cuando partamos. Pero, mientras tanto, bajar vivos al reino de los muertos nos prepara y curte para ese último viaje.

"Yo trataba de reconocer el camino por la forma del túnel, por los saledizos de las rocas, por la disposición de las anfractuosidades".

(Cap. 27)

Difícil lo tiene Axel, intentar reconocer de vuelta la ruta por la que ha venido. En los laberintos del mundo cavernario, con su caprichosa conformación en mil sinuosidades y recovecos, sólo desvelados a medias por los limitados haces de las linternas, se da el fenómeno de que los paisajes se metamorfosean en otros según las perspectivas, y lo que se va viendo al avanzar es completamente diferente de lo que se ve al retroceder por una misma galería, como si hubiera habido un cambio de escenario.

De ahí que los despistes sean frecuentes, y si la cueva es de las grandes, puedan provocar el quedarse atrapados varios días en su interior, hasta que alguien acuda al rescate. Así les sucedió recientemente a ocho excursionistas en la sima de San Martín. Hasta a los más experimentados espeleólogos les puede ocurrir:

"reemprendemos el camino [de retirada] seguido anteriormente, no sin haber alguna novedad, como es que al llegar a la sala Madeleine nos hemos encontrado en el centro de la misma y con terreno completamente desconocido, lo que nos obliga en parte a conocerla y a dar varias vueltas hasta dar con la salida de la misma, que es una ventana pequeña que conduce en plano muy fuerte a la Gran Barrera, y una vez allí por la galería de Navarra, que nos parece mucho mayor que a la ida, nos situamos en el caos de grandes bloques."

(Varios autores. '20 años de Espeleología en Navarra', pág. 78).

"Quise hablar en alta voz, pero mis labios resecos sólo dieron paso a roncos gemidos. Estaba jadeante.
En medio de mi terror, me sobrecogía el ánimo una nueva angustia. Mi lámpara se había estropeado al caer y no tenía posibilidad alguna de repararla. Su luz iba palideciendo, amenazándome con la oscuridad. Veía disminuir la intensidad luminosa en la serpentina del aparato. Una procesión de sombras movedizas se desplazaba por las oscuras paredes. No me atrevía ni a bajar los párpados, ante el terror de perder el menor átomo de aquella claridad fugitiva. A cada instante me parecía que iba a desvanecerme y me sentía cada vez más invadido por lo negro".

(Cap. 27)

Luz menguante Dudley bug 'Luz menguante'. Imagen de Dudley bug


Las luces portátiles son un elemento vital en los viajes dentro de la Tierra. Pero su autonomía suele ser limitada, y se ha de calcular que la provisión de piedras de carburo, baterías y pilas sea suficiente para el recorrido de ida y vuelta. Cuando la cueva es más larga y complicada de lo previsto, el cuevero se las suele ver y desear para prolongar el tiempo de iluminación. Se han dado casos de espeleólogos que han tenido que remontar centenares de metros de sima completamente a oscuras, por habérseles agotado las luces.

Pero Axel no va a tener tanta suerte, con su exigua y agonizante lámpara a punto de apagarse para siempre, y perdido en ignotos abismos a kilómetros de la superficie. La lenta extinción de la claridad prefigura la lenta agonía que le espera en aquellas regiones. El último resto de luz que le queda termina por apagarse definitivamente, como anunciando la muerte del propio Axel. Lo negro lo invade todo.

Axel se enfrenta a su última prueba, y la más dura. El momento crucial de la ceremonia y su punto de no-retorno: el paso a través de los umbrales de la muerte, rumbo al más allá.

"Lancé un grito terrible.
Sobre la Tierra, aun en las noches más profundas, la luz no pierde nunca enteramente sus derechos. Por difusa y sutil que sea, por poco que de ella quede, la retina del ojo acaba por percibirla. Allí, nada. La total oscuridad hacía de mí un verdadero ciego".

(Cap. 27)

Ciego como Homero. Ciego como Borges. Perdido en los abismos y sumido en las tinieblas más absolutas. No puede haber mayor desvalimiento para un ser humano.

Axel pierde la cabeza y se abandona a la desesperación. Echa a correr por la oscuridad, sin rumbo fijo, llamando a sus compañeros, gritando, aullando, golpeándose contra las rocas, cayendo y levantándose ensangrentado, bebiendo su propia sangre, esperando a cada momento romperse la cabeza contra un muro.

"¿Adónde me condujo aquella insensata carrera? Lo ignoraré siempre. Después de varias horas, agotadas, sin duda, mis fuerzas, caí al suelo como una masa inerte y perdí el conocimiento".

(Cap. 27).

 

 

 

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