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LAS LECCIONES DE ABISMO DEL PROFESOR VERNE (III)

Mundus Subterraneus Martes, 17 Marzo 2009 21:24

Lecciones V a VIII

 

Sima de-Friouato pozo 1"El lector adulto tiene ya la clave para penetrar en el sentido subterráneo de la novela, y proponerse una lectura pluridimensional. La trama – aparentemente la crónica de un viaje – seguirá paso a paso los esquemas míticos de todo rito de iniciación: el tránsito del umbral (entrada en la boca de la caverna), la bajada al averno por un túnel, la superación de múltiples pruebas (las pruebas de la sed, del calor, de la pérdida en el laberinto, de la oscuridad...), el desvanecimiento o muerte aparente, el despertar o resurrección, la visión de la luz, la travesía por la laguna Estigia en la barca de Caronte, la aparición de monstruos, la arribada al otro mundo, el retorno al exterior y a la luz del día, la transformación del adolescente en hombre, del neófito en iniciado".

 

 

Paisaje vol Raul Mateos

   "Volcánico". Imagen de Raúl Mateos

 

LECCIÓN V: ES DIFÍCIL LLEGAR A LA CUEVAPaisaje volcanico

 


"Las erupciones de basalto, de toba, de todos los conglomerados volcánicos, y los ríos de lava y de pórfido en fusión han creado un país de un horror sobrenatural" (Cap. 12).


"El camino se hacía cada vez más difícil. El terreno se elevaba. Las piedras se movían bajo nuestros pies y necesitábamos de la más escrupulosa atención para evitar caídas peligrosas" (Cap. 15).


"[Hans] a menudo se detenía para recoger unas piedras y disponerlas como indicadores para el camino de vuelta" (Cap. 15).



Buena precacución, que indica el sentido práctico de Hans. Con frecuencia hay que hacer lo mismo en el interior de las cavernas: ir colocando en puntos clave montoncitos de piedras que sirvan de señales para orientarse en los mil vericuetos del laberinto, y poder así hallar el camino de salida. Pero de poco les va a servir la técnica de Pulgarcito a nuestros expedicionarios.

Según se acerca a la boca, Axel se va percatando de que la cosa va en serio, que la aventura es inminente e ineludible. Todavía hace un intento de dar marcha atrás, mientras haya tiempo. Esgrime esta vez teorías agoreras sobre la posible erupción del volcán. El profesor refuta con datos científicos tal posibilidad.

"– Pero...
– ¡Basta! Ante el dictamen de la ciencia no hay más que callar".

(Cap. 14).

Al llegar al borde del cráter, en la cima del volcán, Axel expresa con bellas palabras lo que todo montañero siente al coronar una cumbre:


Cima volcanica

 "Me sumergí en el prodigioso éxtasis que infunden las altas cimas, sin sentir vértigo, pues empezaba a acostumbrarme a estas sublimes contemplaciones. Mis deslumbradas miradas se bañaban en la transparente irradiación de los rayos solares. Olvidé quién era, dónde estaba, para vivir la vida de los elfos y los silfos, imaginarios habitantes de la mitología escandinava. Me embriagaba la voluptuosidad de las alturas, sin pensar en los tenebrosos abismos a los que, en breve, debía lanzarme el destino".

(Cap. 16)

Los viajeros bajan a la caldera apagada del cráter. Verne reproduce los efectos de sonido propios de tales lugares.

"Marchábamos en medio de rocas eruptivas, de las que algunas, desprendidas de sus alvéolos, se precipitaban rebotando hasta el fondo del abismo. Su caída producía múltiples ecos de una extraña sonoridad."

(Cap. 16)

Llegan por fin los expedicionarios al fondo de la caldera volcánica, que es el lugar sagrado (recordemos que estamos en Islandia, la Ultima Thule) donde va a tener comienzo la verdadera ceremonia de iniciación, de la que hasta ahora sólo se han dado los prolegómenos: la preparación y el acercamiento.

Aquí está el umbral de la cueva, la puerta de entrada al inframundo. La negra y espantosa boca que lleva a lo desconocido. Aquí va a comenzar el auténtico viaje. Pero no hay una boca, sino tres. Al enigma del manuscrito se añade el enigma de su contenido, que también hay que descifrar. Sólo una de las tres puertas conduce al centro de la Tierra, pero ¿cuál de las tres? Un acertijo que es de corte clásico.

"En el fondo del cráter se abrían tres chimeneas. [Cada una] tendría unos cien pies de diámetro. Sus bocas se abrían a nuestros pies. No tuve valor para hundir en ellas la mirada".

(Cap. 16)



023LECCIÓN VI: SIGAN AL GUÍA


En el fondo del cráter hay algo más. Tallada en un peñasco, los viajeros descubren una inscripción con el nombre de Arne Saknussemm en letras rúnicas. Esto les confirma que van por el buen camino. Allí había estado Saknussemm, el antiguo alquimista, el predecesor, el guía espiritual de la expedición, y había dejado una señal de orientación al audaz viajero que se lanzara a seguir sus pasos.

La figura del predecesor es esencial en la ceremonia iniciática. El neófito ha de ser conducido entre las fragosidades del inframundo por un iniciado, que ha recorrido ya antes el camino, y sabe cómo sortear sus peligros. Es el hierofante, el maestro de ceremonias, que oficia de cicerone del más allá. En otras culturas le llamarían chamán. Porque, al fin y al cabo, ¿qué es un chamán sino alguien que ha hecho el viaje de ida y vuelta al otro mundo, y se presta de guía para nuevos viajeros?

No es casualidad que aquí el hierofante sea un alquimista. La alquimia exige a sus practicantes dedicar su vida a la obtención de la piedra filosofal, la sustancia catalizadora que transforma el plomo en oro, lo cual es en realidad metáfora de la búsqueda de la iluminación y de la transformación vital del propio alquimista en un hombre de conocimiento. Los alquimistas buscan la piedra filosofal, como los caballeros de la Mesa Redonda buscaban el Santo Grial, los argonautas el vellocino de oro o, ya en un plano histórico, los conquistadores Eldorado. Un objetivo utópico hacia el que encaminar un proyecto de vida. Un fabuloso tesoro que recompensará a quien lo alcance de todos los esfuerzos invertidos. Una meta última por la que merece la pena sacrificar la estabilidad, la seguridad y la propia integridad física. Porque es el fin más importante al que un ser humano puede aspirar: el de su propia transmutación en un ser superior.

Arne Saknussemm, como alquimista, consiguió llegar al centro de la Tierra ("Es lo que yo hice") y así alcanzó su propia piedra filosofal. El centro del Globo, el punto más secreto, más remoto del planeta, la sede del fuego central. El lugar sagrado por excelencia, inaccesible al profano. ¿Qué mejor guía que este pionero para repetir la hazaña? ¿Qué mejor predecesor?

Pero el predecesor no se lo pone fácil. Hay tres puertas; sólo una de ellas es la correcta, pero han de ser los expedicionarios quienes hagan el esfuerzo de averiguar cuál. Y resolver el enigma no está al alcance de sus capacidades, sino que hará falta el concurso de los astros y los elementos meteorológicos. Y no vale hacerlo un día cualquiera; la fecha de la ceremonia ha de ser también sagrada: el solsticio de verano.

"Saknussem había descendido tan sólo por uno de los tres abismos que se abrían a nuestros pies, y según el sabio islandés había que reconocerlo por la particularidad, especificada en el criptograma, de que la sombra del Scartaris acariciaba sus bordes durante los últimos días del mes de junio. Y, en efecto, podía considerarse este agudo pico como la aguja de un inmenso cuadrante solar, cuya sombra en un día dado marcaba el camino del centro del Globo. Ahora bien: si el sol no acudía a la cita, no había sombra".

(Cap. 16)

Y eso es lo que precisamente sucede: que el sol les da plantón. El cielo se mantiene encapotado durante varios días, para gran contrariedad de Lidenbrock, que se impacienta y monta en cólera. Axel aún abriga esperanzas de que se suspenda la expedición. El domingo 28 de junio sale por fin el sol. El enigma se resuelve. Intervienen para ello las fuerzas de la naturaleza. Las nubes levantan su velo. El astro rey marca con un gnomon el camino.

 

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  Imagen del film de la 20th Century Fox, 1959

"El sol vertió sus rayos a raudales en el cráter. Cada montículo, cada roca, cada piedra, cada aspereza del terreno quedó expuesta al sol y proyectó su sombra sobre el suelo. Entre ellas, la del Scartaris se dibujó como una viva arista y se puso a girar insensiblemente con el astro radiante.
Mi tío giraba con ella.
A mediodía, la sombra lamió dulcemente el borde de la chimenea central.
– ¡Es ésa! ¡Es ésa! –gritó el profesor. Y añadió en danés: ¡Al centro del Globo!"

 

(Cap. 16) 

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Imagen del film de la 20th Century Fox, 1959

Nada ha ocurrido que no sea natural, pero el momento ha sido mágico, y repleto de carga simbólica. La revelación se ha producido. Las puertas de la percepción se han abierto. Hemos hallado el camino.

Verne juega en todo momento con las leyes físicas, los fenómenos de la naturaleza, mas la realidad tiene doble fondo: el mundo no sólo es misterioso, sino mucho más misterioso de lo que los humanos podrían nunca llegar a sospechar. Y cada enigma que resuelve la ciencia no hace sino ahondar en nuevos misterios y acrecentar el campo de lo que ignoramos. La puerta al otro mundo se ha abierto. Pero da a un pozo pavoroso, más negro que la noche, que da pánico sólo mirar. Y ya no es sólo el vértigo. Es la fobia más ancestral de los homínidos la que interviene: el miedo a lo desconocido.

"El verdadero viaje empezaba ahora".

(Cap. 17).


LECCIÓN VII: BAJAR ES LO MÁS FÁCIL


No es nuestra intención relatar este viaje, que para eso está el libro. Quien aún no lo haya leído, haría bien, si está interesado en embarcarse en la aventura, en acudir al original de Verne.


El lector adulto tiene ya la clave para penetrar en el sentido subterráneo de la novela, y proponerse una lectura pluridimensional. La trama – aparentemente la crónica de un viaje – seguirá paso a paso los esquemas míticos de todo rito de iniciación: el tránsito del umbral (entrada en la boca de la caverna), la bajada al averno por un túnel, la superación de múltiples pruebas (las pruebas de la sed, del calor, de la pérdida en el laberinto, de la oscuridad...), el desvanecimiento o muerte aparente, el despertar o resurrección, la visión de la luz, la travesía por la laguna Estigia en la barca de Caronte, la aparición de monstruos, la arribada al otro mundo, el retorno al exterior y a la luz del día, la transformación del adolescente en hombre, del neófito en iniciado.

Nos limitaremos a glosar unos cuantos aspectos sueltos que nos llaman la atención en este proceso, por su similitud con los casos que se dan en la vida real entre los que exploran cuevas. Muchas de las vicisitudes que suceden a los protagonistas en la novela son las que viven los verdaderos cueveros en sus viajes dentro de la Tierra. Se ve que Verne se había documentado al respecto con cierta profundidad. Y que a partir del punto donde sus conocimientos se agotaban, proseguía adelante con su poderosa imaginación.

"Todavía no había hundido mi mirada en el insondable pozo en el que iba a abismarme. Había llegado el momento. Aún estaba yo a tiempo de acometer la empresa o de rehusarla. Pero me avergonzó dar marcha atrás ante el cazador. [...] me aproximé a la chimenea central.

[...] Me situé sobre una roca inclinada hacia el interior del abismo y miré. Se me erizaron los cabellos. La sensación del vacío se apoderó de todo mi ser. Sentí que me abandonaba el centro de gravedad y que el vértigo me subía a la cabeza como la embriaguez. Nada hay más embriagador que la atracción del abismo. Iba a caer. Me retuvo una mano. La de Hans. Decididamente, no había tomado suficientes lecciones de abismo".

(Cap. 17)

Todos somos Axel, en estos trances. No hay momento más espeluznante que el de asomarse a la boca de la sima y atisbar en la insondable negrura del abismo. La primera reacción siempre es la misma: rajarse y suspender la incursión. Al cabo de un rato, cuando las piernas nos han dejado de temblar y hemos echado un trago de vino de la bota, nos tranquilizamos, nos lo pensamos mejor, tiramos una piedra a la sima para calcular con el ruido su profundidad, alguien instala la cuerda, el más intrépido se anima a bajar, va informando de las dificultades, y los demás, por no ser menos, terminamos por contagiarnos de su ánimo y descendemos tras él.

Para los que sufrimos de vértigo, la cosa se complica un poco más. Por más lecciones de abismo que hayamos tomado previamente, la experiencia es siempre traumatizante. En particular el instante en que hay que asomar el cuerpo y colgarlo de espaldas al abismo para bajar 'rapelando' por la cuerda. Las manos tiemblan, las piernas 'hacen la moto', los músculos se agarrotan, un sudor frío nos empapa la frente, pensamos en si resistirán los anclajes, los nudos, las cuerdas, si no fallarán los artilugios o los arneses, pensamos qué estamos haciendo ahí, quién nos mandará meternos en éstas. Pero hay que tomar la suprema decisión. Ver o no ver la caverna, esa es la cuestión; luego no queda más remedio que apechugar con las fobias, hacer un acto de fe en los aparatos descendedores, y lanzarse al vacío. El apoyo psicológico de los compañeros puede ayudar, aunque suele ser de este tenor:

– ¡Saca el culo!
– ¡No puedo! ¡No pueeeedo!
– ¡¡No te pegues tanto a la pared y saca más ese culo!!
– ¡¡Que no puedo!!
– ¿Has traído los dodotis?
– ¡Me estáis estresando!


"Desenrolló [el profesor Lidenbrock] una cuerda de cuatrocientos pies de longitud (130 m) y de una pulgada de grosor y dejó caer por el pozo la mitad antes de enrollarla en un bloque de lava saliente, tras de lo cual echó por la chimenea la otra mitad. Así, cada uno de nosotros podría descender reuniendo en las manos las dos mitades de la cuerda. Una vez llegados a doscientos pies de profundidad, nada más fácil que atraer la cuerda soltando una de sus mitades y tirando de la otra. No había más que recomenzar este ejercicio ad infinitum".

 

(Cap. 17)  

Julio Verne demuestra una vez más que sabía de lo que hablaba. Las maniobras descritas son las mismas que se necesitan para bajar un precipicio recuperando las cuerdas. Ahora bien, estas maniobras sólo se realizan cuando no es necesario volver por el mismo camino. Por ejemplo, al hacer bajadas de cañones, o si la cueva tiene otra salida más adelante, como es el caso del impresionante cañón subterráneo de La Leze (sierra de Altzania, Alava), donde se atraviesa de lado a lado una montaña siguiendo el curso de un arroyo subterráneo, en una sucesión de cascadas y lagunas que hay que bajar a rappel y atravesar a nado. Recuperar las cuerdas dobles, sobre todo tras salvar fuertes desniveles en extraplomo, implica atravesar en cierto momento un punto de no-retorno, a partir del cual el regreso se hace imposible. Muy pocas cuevas tienen opción de escapatoria por otra boca, como ocurre en ésta. En la mayoría, hay que dejar las cuerdas instaladas para remontar las simas de regreso a la salida.

 

La Leze Miguel Fernandes

 Salida del cañón subterráneo de La Leze. Imagen de Miguel Fernandes


No lo hacen así en la novela, pero ya sabemos que al profesor Lidenbrock lo que menos le preocupa es el retorno.

"– Ahora – dijo mi tío, tras proceder así –, ocupémonos de los equipajes. Los dividiremos en tres paquetes, y cada uno de nosotros llevaremos uno a la espalda. Me estoy refiriendo únicamente a los objetos frágiles.
El audaz profesor no nos incluía, evidentemente, en esta última categoría".

(Cap. 17)

Axel se ha permitido un comentario sarcástico, que no le quita de tener bastante razón. Cuando en las cuevas nos concentramos en trasladar y manejar aparatos delicados, focos, cámaras, trípodes, etc., a veces olvidamos que lo más frágil que hay allí somos nosotros mismos, que nuestra integridad física está en juego y cualquier descuido se puede pagar caro. Tenemos también comprobado, por experiencia, que los accidentes se producen en general no en los pasos peligrosos, en los que hay que extremar las medidas de seguridad, sino más bien en sitios normales sin ningún riesgo aparente. La conclusión es que en las cuevas no se puede bajar la guardia ni un segundo. El más insignificante resbalón puede derivar en un monumental batacazo. La fuerza de la gravedad es una permanente amenaza que acecha en todos los rincones.

"– Pero – dije – ¿quién se encargará de bajar las ropas y esta masa de cuerdas y escalas?
– Bajarán solos.
– ¿Cómo?
– Vas a verlo.

Mi tío solía recurrir a los grandes medios sin vacilar. Por orden suya, Hans reunió en un solo paquete bien atado todos los objetos no frágiles y lo arrojó al abismo.
[...]

– Bien – dijo –. Ahora nos toca a nosotros.
Desafío a cualquiera de buena fe a que diga si es posible oír sin estremecerse tales palabras".

(Cap. 17)

Es el mismo escalofrío que se siente cada vez que se entra en una caverna, lo que es equivalente a internarse en lo desconocido. El trío de espeleólogos se hunde en la chimenea volcánica aprovechando resaltes y salientes de las paredes que les sirven de escalones, y descansando de las agotadoras etapas en cornisas horizontales.

"la cuerda me parecía demasiado frágil para soportar el peso de las tres personas. Por ello me servía de ella lo menos posible, haciendo milagros de equilibrio sobre los salientes de lava que mis pies intentaban agarrar como si fuesen manos".

(Cap. 17)

Hemos de precisar que en las cuevas reales la cosa no es tan bonita ni tan fácil. Que nunca se desciende tan cómodamente. Los interiores de la Tierra son abruptos e intrincados hasta extremos indecibles; no están pensados a la medida del hombre. Las simas, lejos de tener escalones ad hoc que faciliten la progesión vertical, abundan por el contrario en obstáculos variopintos que parecen colocados por la naturaleza para dificultar el avance y poner a prueba todas las habilidades acrobáticas del cuevero. Por ejemplo, es muy corriente que la sima se vaya abriendo en anchura según se profundiza, creando un extraplomo que hay que bajar (y luego subir) colgándose de la cuerda en vacío. Explorar cuevas no es lo que se dice un paseo.

"Me incliné por encima de nuestra estrecha meseta y noté que el fondo del agujero era aún invisible".

(Cap. 17)




LECCIÓN VIII: ¡QUÉ ESPECTÄCULO TÍO!



A lo largo del viaje, profesor y discípulo van debatiendo sobre las distintas teorías geofísicas propuestas por los científicos de su época en torno a los fenómenos y composición de las capas profundas del globo terráqueo. Anotan en todo momento los datos que les proporcionan sus instrumentos de medición: la profundidad, la distancia, la orientación, la presión atmosférica y la temperatura. Frente a las hipótesis de los estudiosos de biblioteca, Lidenbrock está haciendo el trabajo de campo, la comprobación empírica. En ciencia, los hechos son pruebas. Y lo que el sabio demuestra experimentalmente es que los hechos del mundo subterráneo refutan las tesis del mundillo científico supraterráneo. "Rechazo absolutamente la teoría del fuego central", proclama cuando verifica que la temperatura no sube al ritmo previsto por los cálculos teóricos (cap. 17).

Asumido como tenemos el paradigma del fuego central de la Tierra, nos cuesta aceptar las contrateorías del personaje de Verne. Pero lo cierto es que nadie ha seguido los pasos de Lidenbrock para confirmar lo real o ficticio de sus datos. El interior profundo de la Tierra continúa en el siglo XXI tan inexplorado como en el XIX o como lo estuvo siempre, y el único que ha tenido billete para visitarlo ha sido Julio Verne con su imaginación.

"– Ya hemos llegado – dijo éste.
– ¿Dónde? [...]
– Al fondo de la chimenea perpendicular.
– ¿No hay otra salida?
– Sí; una especie de corredor que tuerce hacia la derecha.
[...]

La oscuridad no era aún total. Comimos y nos acostamos en un lecho de piedras y de lava.
Y cuando, tendido de espaldas, abrí los ojos vi un punto brillante en la extremidad de ese largo tubo de tres mil pies, transformado en un gigantesco anteojo. Era una estrella desprovista de todo centelleo, que, según mis cálculos, debía ser la Beta de la Osa Mayor.
Después, me dormí profundamente".

(Cap. 17). 

Sibila cumasSima de Friouato fotoAleph

                                                             "Sima de Friouato". Imagen: FotoAleph


Esta descripción del fondo de la chimenea nos recuerda poderosamente a un paraje que existe en la realidad: la sima de Friouato, una gigantesca hondonada de 30 metros de diámetro y 160 de profundidad, escondida en las montañas de la región de Tazzeka, en Marruecos, que fue explorada por primera vez por el pionero de la espeleología Norbert Casteret. El fondo en semipenumbra con un suelo de piedras sueltas, la galería que se abre a un lado horizontalmente (con cinco kilómetros hasta hoy recorridos, pero aún sin terminar de explorar), el cielo que se ve al fondo del tubo... parece que Verne hubiera estado allí. 

Sima de-Friouato pozo 1

Sólo varían las dimensiones, mas existen también otras simas en el mundo real que podrían rivalizar en profundidad con la de la novela. Y algunas no están tan lejos de nuestras casas, como pueden ser las simas del macizo kárstico de Larra (Navarra-Zuberoa). Pongamos como ejemplos la célebre sima de San Martín o la llamada Ilaminako Ateak, con sus pozos de 300 y 400 metros, su profundidad cercana a los 1.500, y su interminable y laberíntico desarrollo de más de 50 kilómetros de galerías hasta ahora explorados, y quién sabe cuántos pendientes de exploración. El conjunto forma una inmensa red de cinco ríos subterráneos, con abundantes afluentes y ramificaciones, que tras décadas de trabajo en equipo de un gran número de espeleólogos y expertos en hidrogeología, aún no ha sido completamente topografiada.

"Comimos las galletas y la carne seca, regándolas con unos cuantos tragos de agua mezclada con ginebra".

(Cap. 18)

El avituallamiento es algo que no puede faltar en cualquier incursión a cuevas. Los extenuantes esfuerzos que hay que realizar para el avance exigen hacer un alto cada cierto tiempo para recuperar fuerzas y tomar un tentempié. Nuestros víveres suelen ser más variados que el menú único que lleva el trío para seis meses, pero curiosamente también incluyen galletas y carne seca (en forma de torreznos de Soria). En lo que no coincidimos es en lo de la ginebra. Para eso preferimos un reconstituyente más suave, que es el vino tinto, transportado en un recipiente a prueba de golpes de antigua invención, que es la clásica bota. Un traguillo de la bota en momentos críticos reconforta el temple, disipa temores y hasta anima a los más remisos a bajar a la simas. La llamamos el quitamiedos. Lo que no sabemos es qué pasaría si el trago fuera de ginebra.

Como anécdota ilustrativa al respecto, reproducimos un fragmento del informe de un componente del equipo que en 1960 exploraba las simas de San Martín y Ukerdi, en Larra, antes mencionadas. Sendos grupos de expedicionarios llevaban varios días acampados dentro de ambos complejos subterráneos, comunicados por radio con miembros del equipo en el exterior. Uno de éstos redacta el siguiente parte: "De regreso al campamento paso por la tienda de transmisiones, en este momento están comunicando con San Martín y Ukerdi, en el primer lugar todo marcha sin novedad alguna, en Ukerdi se preparan hoy los primeros descensos, ambos campamentos tienen algo en común en estas llamadas, los dos piden se les envíe vino rápidamente, pues llevan dos días sin el fruto de la cepa." (Varios autores. '20 años de Espeleología en Navarra', 1976. Pág. 73).

"– Ahora, Axel – exclamó el profesor con entusiasmo –, vamos a hundirnos verdaderamente en las entrañas del Globo. He aquí el momento preciso en que comienza nuestro viaje".


(Cap. 18)

Por primera vez van a dejar los expedicionarios de ver la luz del día, aunque a estas profundidades no sea ya sino un tenue resplandor en la lejanía, para sumergirse por fin en las verdaderas tinieblas. Comienza el viaje, el paso de la luz a la oscuridad, del día a la noche, de lo familiar a lo incógnito. Aquí es cuando hay que encender las lámparas. "Una luz muy viva disipó las tinieblas de la galería" (cap. 18).

Y entonces comienza el espectáculo. Las luces artificiales van incendiando de fulgores los paisajes de la caverna y sus inverosímiles formaciones litogénicas; los cristales de las calcitas despiden destellos titilantes; los juegos de luces/sombras sobre los espeleotemas crean rostros, figuras, animales, brujas, espectros y monstruos. Son los genios del abismo.

"La lava, porosa en algunos sitios, formaba pequeñas ampollas redondas, cristales de cuarzo opaco, adornados de límpidas gotas de vidrio, suspendidos como lámparas de la bóveda y que parecían encenderse a nuestro paso. Se diría que los genios del abismo hubieran iluminado su palacio para recibir a los huéspedes de la tierra.

– ¡Es magnífico! – exclamé, involuntariamente –. ¡Qué espectáculo, tío!"

(Cap. 18)

 

"La luz de las lámparas, reflejada por las pequeñas facetas de la masa rocosa, entrecruzaba sus múltiples resplandores en todos los ángulos, dándome la ilusión de viajar por el interior de un diamante hueco en que los rayos se rompieran en mil destellos deslumbrantes".

(Cap. 22)

Aquí la naturaleza, lejos de imitar al arte, lo crea. Todas las formas arquitectónicas soñadas por el hombre tuvieron aquí sus fuentes primigenias, labradas millones de años antes de la aparición del primer homínido.

"A veces se desarrollaba ante nosotros una sucesión de arcos como las contranaves de una catedral gótica. Los artistas de la Edad Media hubieran podido estudiar allí todas las formas de esta arquitectura religiosa que tiene su origen en la ojiva. Una milla más adelante debimos inclinar las cabezas bajo arcos de estilo románico. Grandes pilares adosados al macizo sostenían el peso de las bóvedas".

(Cap. 19)

 

027

"– ¡Ah! Empiezas ya a darte cuenta, Axel. Así que esto te parece espléndido, muchacho. Pues aún has de ver otras maravillas. ¡Adelante! ¡Andemos!"

(Cap. 18)

"Más apropiado habría sido decir 'resbalemos', dada la inclinación de la pendiente por la que nos dejábamos ir cómodamente. Era el facilis descensus Averni de Virgilio".

(Cap. 18)

 

 

 

 

 

Fuente:

 

 

 

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