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LAS LECCIONES DE ABISMO DEL PROFESOR VERNE (I)

Mundus Subterraneus Jueves, 25 Septiembre 2008 12:19

 

 

verneLa novela Viaje al centro de la Tierra a la luz de la Espeleología

"Entrar en las páginas de Viaje al centro de la Tierra es como entrar en una cueva. Una experiencia emocionante, imprevisible y sumamente gratificadora. La novela, además de una epopeya de la espeleología, es un compendio de todos los temas, de todos los accidentes, obstáculos y problemas a los que un espeleólogo se debe enfrentar en sus incursiones bajo tierra. [...] Para quienes nos dedicamos a viajar dentro de la Tierra, a explorar sus abismos, es éste un libro doblemente valioso. Cada vez que Axel describe los paisajes cavernarios con que se va topando en su expedición, no es que nos los imaginemos en nuestro cerebro, ¡es que los estamos viendo! Es que los hemos ya visto con nuestros propios ojos, y al contemplarlos hemos sentido el mismo asombro que siente Axel ante tanta maravilla, tanta inmensidad y tan extraordinaria belleza". Con estas palabras de introducción, el espeleólogo Eneko Pastor nos descubre, - a través del apasionante periplo de sus lecciones de abismo -, el itinerario que lleva desde la desbordante imaginación de Julio Verne, a las emociones de la exploración espeleológica en nuestro tiempo.

 

 Imagen filmINTRODUCCIÓN

Cada cierto tiempo en la vida hay que volver a Julio Verne. Nos lo pide el cuerpo y el cerebro a quienes tuvimos la gran suerte de leerlo en la infancia. Nadie crea que se trata de ningún tipo de operación-nostalgia. Se trata nada menos que de revivir con cada uno de sus libros una prodigiosa aventura mental que va mucho más allá de las meras peripecias de la ficción escrita, y que nos aporta con cada lectura adulta nuevos significados y nuevos ámbitos de exploración.

Y da igual que nos sepamos de memoria el final de la novela, verbigracia, el resultado de la apuesta de Phileas Fogg a favor de la tesis de que se podía dar La vuelta al mundo en 80 días con los medios de la época. Seguiremos las andanzas del gentleman británico aplicando su inquebrantable voluntad a demostrarla por la vía de los hechos, arrastrando consigo a su criado Passepartout en un periplo alrededor del Globo, con el mismo interés y ansiedad con que lo leímos por primera vez un lejano día. Y su trepidante acción, su sabiamente dosificado suspense, nos mantendrán en vilo hasta el desenlace en el último segundo. Como la primera vez.

Nuestra mirada envejece, pero las novelas de Verne no. Ya en su tiempo fueron admiradas por autores como Tolstoi, Gorki, Kipling, Gautier o Saint-Exupéry. También fascinaron a los surrealistas. Más recientemente, en los años 60 del siglo XX, han sido revalorizadas por intelectuales como Michel Foucault y Roland Barthes. Y hoy siguen atrayendo a millones de lectores de todas las edades, siendo el escritor francés más traducido del mundo.

Digamos para empezar que ya va siendo hora de desterrar el cliché de que Jules Verne es sólo un autor de literatura juvenil. Cierto es que niños y jóvenes lo siguen leyendo con igual placer que en su día. Pero las novelas de Verne contienen mucho más que meros relatos de aventuras, y son susceptibles de otros niveles de interpretación por parte de un público adulto. Ya lo advierte Miguel Salabert en su prólogo a Viaje al centro de la Tierra : "reducir al gran mitólogo que es Verne a un escritor de aventuras es como limitarse a leer en Moby Dick el relato de la persecución de una ballena".


Fernando Savater va más allá cuando afirma: "En casos como el de Verne, los críticos literarios son particularmente víctimas de sus limitaciones intrínsecas: son ellos los que han decidido que los escritores de aventuras o de anticipación son menores, son ellos quienes decretan que los adolescentes no gustan más que de lo pintoresco o lo venial, son ellos los que el siglo pasado (el XIX) limitaron el interés de Verne a su capacidad de prever avances científicos y de hilvanar peripecias curiosas... Son ellos los que siempre se han equivocado con Verne; los niños, en cambio, acertaron desde el primer momento. Ahora se trata de rescatar a Verne no de sus entusiastas, sino de los prejuicios de la crítica seria contra la literatura menor." (F. Savater, La infancia recuperada, cap. III: El viaje hacia abajo).

Se trata del mismo tipo de prejuicios en que incurren los que piensan que Kipling, Stevenson, H. G. Wells o Conan Doyle son escritores menores, o que desprecian el cómic como un subproducto para niños, en un análisis que sólo se puede calificar de pueril. Savater arremete contra esta visión reduccionista en su excelente ensayo La infancia recuperada y nos propone superarla con una nueva lectura de los libros que nos apasionaron de pequeños, para redescubrirlos desde otra dimensión. Recuperar la infancia, la mirada ingenua y sin dobleces, el sentido del disfrute desinteresado, del juego por el juego, la capacidad de fascinación de un ser que está descubriendo el mundo. Y comprender que lo solemne y lo abstruso de un estilo no son garantía de calidad en la literatura, ni un estilo ligero e imaginativo implica ausencia de ella.

"Volvieron a mi memoria los recuerdos de la infancia".

(Jules Verne, Viaje al centro de la Tierra, cap. 27)

"Entonces, como un niño, cerré los ojos para no ver la oscuridad."

(Ibid., cap. 41)

"Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; mas cuando llegué a ser hombre, me deshice de las cosas de niño", escribe Pablo a los corintios. Pero ¿no había antes predicado Jesús que "deberéis haceros como niños para entrar en el reino de los cielos"? Si el adolescente rechaza el niño que lleva dentro, ¿no habría el adulto de expulsar, en cierto momento de su maduración, la mentalidad de teenager que aún lleva dentro? Es un viaje de ida y vuelta, no a una segunda infancia, sino a un plano superior e integrador que acepte las muchas personalidades que se esconden en nuestro yo, incluida la del infante que un día fuimos, con su mirada incontaminada. Con su visión libre de prejuicios heredados, de tópicos y de lugares comunes. Tendremos, pues, que hacernos como niños si queremos entrar en el reino de los libros de Verne, que es lo más parecido al reino de los cielos que hay en esta Tierra, a juzgar por el placer inagotable que proporcionan.

¿Escritor de anticipación, Verne? Sí, por supuesto, pero también mucho más. ¿Escritor de ciencia-ficción? Sólo en el sentido de que en sus novelas hay mucha ciencia y mucha ficción, pero sería del todo improcedente comparar a Verne con los autores de la ciencia-ficción contemporánea, recreadores en su mayoría de universos fantasmagóricos que nada tienen que ver con la ciencia y menos con la vida real. ¿Escritor de literatura fantástica? No exactamente, pues las ficciones de Verne caminan con un pie metido en la imaginación, pero el otro en la más estricta realidad científica, y si de algo no se puede tildar a sus novelas es de ser inverosímiles (con la significativa excepción de Viaje al centro de la Tierra). De hecho al mismo Verne le hubiera incomodado ser etiquetado de escritor de fantasías. Cuando una vez alguien comparó su literatura con la de H. G. Wells, Julio Verne protestó: "Mais... il invente!"

Wells inventaba, fabulaba, fantaseaba. Él no. Y no le faltaba razón, habida cuenta de que el viaje submarino o el viaje a la Luna son hoy realidades que corroboran la capacidad de predicción científica de Verne, mientras que si se trata de H. G. Wells, todavía estamos esperando ver un hombre invisible, o una máquina del tiempo, o que los marcianos nos declaren la guerra de los mundos (quizá sea el doctor Moreau quien más se acercó a la realidad futura –la de hoy– como pionero del desarrollo incontrolado de la ingeniería genética).

El mismo Julio Verne era consciente de sus propios límites como fabulador, sabedor de que la realidad, tarde o temprano, terminaría siempre por superar sus más desbocadas ficciones: "Todo lo que yo invento, todo lo que yo imagino, quedará siempre más acá de la verdad, porque llegará un momento en que las creaciones de la ciencia superarán a las de la imaginación", declaraba en cierta ocasión. Y también dejó dicho: "Todo lo que el hombre es capaz de imaginar, otros hombres serán capaces de realizarlo".


El propósito aparente de su escritura era "resumir todos los conocimientos geográficos, geológicos, físicos, astronómicos, amasados por la ciencia moderna, y rehacer, así, en la forma atrayente que le es propia, la historia del universo...".Un programa enciclopédico que desarrolló para su editor (y su descubridor, mentor y amigo) Jules Hetzel a lo largo de su vida literaria en el vasto ciclo de novelas genéricamente titulado Viajes Extraordinarios. Pero esta fachada oficial, que parece responder a la filosofía del instruir deleitando, muy en la onda de la mentalidad cientificista y positivista del siglo XIX, ¿no esconde quizá algo más?
 

 

Verne por Felix NadarJulio Verne, según Félix Nadar

 

Para Miguel Salabert, traductor y estudioso de la obra del novelista francés, hay un Julio Verne subterráneo que se contrapone al Verne oficial y burgués. Un Verne desconocido, del que se tienen pocos datos documentales, pero cuyo ideario secreto puede rastrearse en sus obras: "la atenta lectura de los Viajes Extraordinarios desde este punto de vista habrá de reservarnos también extraordinarias sorpresas. Así, veremos que el Verne ciudadano que se confesaba partidario del orden en sociología, se transformará con harta frecuencia, como autor, en enérgico vapuleador de ese orden y de sus representantes, en censor implacable del estatismo autoritario, del esclavismo y colonialismo, en el magnificador de las luchas por la independencia nacional, y en el exaltado defensor de una libertad que iza con más frecuencia la bandera libertaria que la bandera liberal. Los ecos del individualismo libertario y del socialismo utópico retumban a lo largo de los Viajes extraordinarios con tal frecuencia y tal intensidad, que podemos ver en ellos los truenos de la tormenta íntima que agitaba a nuestro autor, y la deslumbrante confirmación de ese diagnóstico de revolucionario subterráneo. [...] la ideología política contenida en los Viajes Extraordinarios [...] tal como está expresada, nos revela un Verne portador de un sueño social, de un sueño que sueña un hombre nuevo –'No son nuevos continentes los que hacen falta, son hombres nuevos', dirá Nemo anticipándose a Zaratustra–, de un sueño paralelo al que el autor asigna a la naturaleza y de cuya realización es el hombre el instrumento privilegiado. [...]. Todo en la obra de este solitario denuncia la soterrada, la angustiada voluntad y nostalgia de la ruptura. ¿Qué es el viaje sino una ruptura?" (Miguel Salabert, Julio Verne, ese desconocido).

Mucho se ha especulado sobre el velado discurso que fluye subterráneamente bajo la capa superficial de la aventura en las novelas de Verne. Dejemos en las brumas la figura de Jules Verne como ser humano, su hipotética adscripción a alguna hermandad de tipo sansimoniano o masón dedicada a propagar ideas de socialismo utópico, para centrarnos en las intenciones de fondo que se dejan entrever en su obra literaria. Y lo que primero resulta evidente es que cada novela de Verne, cada uno de sus Viajes Extraordinarios, no es otra cosa que una narración iniciática. Un relato de la iniciación de un ser humano, al que la aventura transforma hasta el punto de que su personalidad pasa de un estadio inmaduro a un plano superior de conciencia.

Sabido es que toda novela de viajes es una novela de iniciación, pero pocas como las de Verne contienen tantos elementos que no dejen lugar a dudas sobre ese sentido último. Y de ellas, quizá sea Viaje al centro de la Tierra la más paradigmática. En esta novela se cumplen sistemáticamente las tres ceremonias básicas de todo rito iniciático: la preparación del neófito (en un lugar sagrado), el viaje propiamente dicho (símbolo de muerte o transmutación), y el renacimiento como hombre nuevo (con la salida del mundo subterráneo a la luz). En síntesis: el típico protocolo iniciático de muerte-resurrección. Cada una de estas ceremonias ha de pasar por distintas fases rituales, que son obedecidas punto por punto en el relato, como tendremos ocasión de comprobar.

La presencia de los grandes temas míticos en la obra de Julio Verne es una constante. El autor de La isla misteriosa era de origen celta y se interesó vivamente por las leyendas célticas. El proyecto de realizar un Viaje al centro de la Tierra es, por ejemplo, desencadenado por el desciframiento de un antiguo manuscrito caligrafiado en letras rúnicas. Pero Verne recrea también soterradamente en sus novelas los grandes mitos clásicos heredados de la cultura grecorromana, donde se pueden detectar temas e influencias de autores como Homero y Virgilio. Éste último es expresamente citado en Viaje al centro..., al comparar la expedición subterránea que llevan a cabo sus protagonistas con el facilis descensus Averni del canto VI de la Eneida. El descenso a los infiernos, la bajada al Hades, tema recurrente en la mitología helénica, pero que tiene antecedentes mesopotámicos en el Poema de Gilgamesh, y que será en la Edad Media retomado por Dante, ya desde una óptica cristiana, en su Divina Comedia.

 

Entrada al infierno dantesco Dore

"Facilis descensus Averni" en la Divina Comedia. Grabado de Gustavo Doré


Del mismo modo que La Flauta Mágica de Mozart es en realidad, disfrazado de cuento infantil, un rito iniciático y un canto a los ideales de la masonería, a nada que escarbemos en la superficie de las páginas de Verne, descubriremos que bajo el disfraz del relato de aventuras destinado a un lector más o menos juvenil, se esconde mucho más. Se esconde la presencia poderosa de temas y mitos profundamente arraigados en nuestro inconsciente colectivo, que tocan fibras y remueven zonas de sombra enterradas bajo la conciencia del lector, que activan sus mecanismos subconscientes, sus anhelos secretos, sus angustias, sus más ancestrales miedos, para enfrentarse a ellos y trascenderlos en aras a convertirle en un hombre de conocimiento. Pues el verdadero iniciado no será al final el protagonista de la novela. Lo será más bien su lector.
 

Libro VerneEntrar en las páginas de Viaje al centro de la Tierra es como entrar en una cueva. Una experiencia emocionante, imprevisible y sumamente gratificadora. La novela, además de una epopeya de la espeleología, es un compendio de todos los temas, de todos los accidentes, obstáculos y problemas a los que un espeleólogo se debe enfrentar en sus incursiones bajo tierra. Así como un tratado sobre el estado de los conocimientos en geología, mineralogía y paleontología de la ciencia de mediados del siglo XIX, donde no se eluden los debates y controversias que tenían lugar en aquel momento en torno a estas disciplinas entre la comunidad científica.

Para quienes nos dedicamos a viajar dentro de la Tierra, a explorar sus abismos, es éste un libro doblemente valioso. Cada vez que Axel describe los paisajes cavernarios con que se va topando en su expedición, no es que nos los imaginemos en nuestro cerebro, ¡es que los estamos viendo! Es que los hemos ya visto con nuestros propios ojos, y al contemplarlos hemos sentido el mismo asombro que siente Axel ante tanta maravilla, tanta inmensidad y tan extraordinaria belleza.

 

 

 

 

Caverna Riou

 Caverna. Grabado de Édouard Riou

 

Las descripciones de Viaje al centro de la Tierra podrían aplicarse a muchas de las cuevas y complejos kársticos que horadan nuestras tierras. Serían perfectamente intercambiables. Los incidentes que sufren los viajeros en la ficción, son en gran parte idénticos a los que suelen acontecer a los visitantes de las cavernas en la realidad. Muchas de las experiencias que vive Axel en la novela, las hemos experimentado en las cuevas, por lo que este libro, más que leerlo, lo vivimos. Y muy intensamente.


Con su espíritu enciclopédico, Julio Verne, que se había documentado a fondo sobre el tema, como era su costumbre, va desgranando las lecciones que todo espeleólogo debe aprender para llevar a buen término su azarosa actividad. Lecciones que, pese al tiempo transcurrido, siguen teniendo su vigencia.

Cierto es que no llegaremos nunca al centro de la Tierra. Nadie ha llegado. Pero nuestros pasos se encaminan en aquella dirección, y aunque no hayamos más que arañado la superficie de la corteza terrestre, quién nos dice que algún día no encontremos una sima más profunda que todas las simas, que conduzca más adentro, más hondo, más abajo que todos los túneles hasta hoy registrados. No es tan improbable. Cada equis años aparecen en la prensa noticias del hallazgo de cavidades que superan todos los récords de profundidad hasta el momento explorados. Y constantemente se están descubriendo nuevas cuevas, o nuevas galerías dentro de cuevas ya conocidas.

Sorprende, por otro lado, que habiendo llegado el hombre tan lejos en sus viajes y sondas extraterrestres (hasta la Luna, Marte, Titán y más allá del Sistema Solar), haya avanzado tan poco en sus viajes intraterrestres. Las más profundas prospecciones realizadas (a la búsqueda, no de la gloria, como el profesor Lidenbrock, sino de oro negro) no han sido sino someros pinchazos en la epidermis de la Tierra. De lo que haya más adentro, todo son hipótesis, pero no existe prueba empírica alguna. Ni hasta ahora ningún testigo. El mundo subterráneo, como Julio Verne, sigue siendo un desconocido.

Tal es el punto de vista del geofísico neozelandés David J. Stevenson, que ha dedicado buena parte de su carrera profesional a estudiar los entornos de Júpiter y las placas tectónicas de Marte. Este científico denuncia que la exploración del interior de nuestro planeta nunca ha sido una prioridad para los gobiernos mundiales, al contrario que la investigación espacial. En la península de Kola, en Rusia, los soviéticos emprendieron en los años ochenta un plan de excavación que les ha tenido escarbando casi veinte años, y sólo han logrado perforar la Tierra diez kilómetros. "Conocemos mejor la superficie de Urano que las entrañas que nos sustentan, lo cual es ridículo". Stevenson, al que algunos colegas apodan como el Julio Verne del siglo XXI, ha concebido un proyecto tecnológico para perforar el globo terráqueo con el fin de llegar a su centro, donde, según explica, "encontraremos el origen de nuestro planeta y podremos comprender y predecir los terremotos". "Si viajamos hasta el núcleo y lo analizamos, podremos reproducir las condiciones de la formación de la Tierra, hace 4.500 millones de años". "Investigar directamente la fluctuación de los materiales sobre los que flotan las placas tectónicas nos permitiría un control mucho mayor de los movimientos y una mayor capacidad de predicción".

 

stevenson

David J. Stevenson y su proyecto

Proyecto de StevensonAunque el proyecto de Stevenson se sale de los límites de este escrito (y de nuestra comprensión), nos limitaremos a transcribir que el plan consiste en "abrir una gran ranura en algún punto de la Tierra, de un kilómetro de profundidad, y llenarla de un material más denso que la roca, como el hierro líquido. Gracias a la fuerza de la gravedad, el material se abriría paso él solo y, con él, la sonda que proporcionaría la información. Podemos imaginar la sonda como una barca que navega en un río; el hierro abre un gran valle y la sonda fluye por él a la velocidad de un corredor humano hasta llegar al núcleo en sólo una semana". "Necesitaríamos una cantidad de hierro líquido como mínimo equivalente a diez Torres Eiffel fundidas, una porción 'mínima' en comparación a la cantidad diaria de este material que producen las siderúrgicas".El coste del sondeo se ha estimado en unos diez billones de dólares (Diario de Noticias, Navarra, 15 enero 2005). Si tal proyecto fuera factible, y Stevenson asegura que tecnológicamente lo es, una vez más tendríamos ahí a la realidad dejando en pañales a la ficción.


Pero, hablando de realidades/ficciones, volvamos al Julio Verne del siglo XIX. Es hora de que presentemos ya al profesor Lidenbrock, motor de la acción y protagonista principal de Viaje al centro de la Tierra. Erudito, geólogo y profesor de mineralogía en el Johanneum de Hamburgo, Otto Lidenbrock era, en palabras de su sobrino Axel (narrador en primera persona de la crónica de la expedición), "un hombre tan raro como terrible".

 

Lidenbrock RiouProfesor Otto Lidenbrock. Grabado de Édouard Riou

"En cada lección se encolerizaba una o dos veces, con toda regularidad. No le preocupaba en absoluto que sus alumnos asistieran con asiduidad a sus lecciones, ni que le concedieran atención, ni el éxito que pudieran tener aquellos en el futuro [...]. Enseñaba subjetivamente [...], para sí mismo, y no para los demás. Era un sabio egoísta, un pozo de ciencia cuya polea rechinaba cuando de él se quería sacar algo; [...]

Sea como fuere - prosigue Axel -, debo decir que mi tío era un verdadero sabio [...]. Figuraos un hombre alto, flaco, con una salud de hierro y un aspecto juvenil, realzado por sus rubios cabellos, que le perdonaba diez años a su cincuentena. Sus grandes ojos se agitaban incesantemente tras unas gafas de considerable tamaño. Su nariz, larga y fina, parecía una hoja afilada [...]. Si añado que mi tío andaba a zancadas de casi un metro, y si preciso que al andar mantenía sus puños sólidamente cerrados, signo de un temperamento impetuoso, se le conocerá suficientemente como para no desear demasiado su compañía".

(Jules Verne, Viaje al centro de la Tierra, cap. 1).

Temperamento impetuoso. He aquí en dos palabras la personalidad característica de un hombre de acción. De alguien que está dispuesto a poner todo su ímpetu en la consecución de sus fines, a mayor gloria de la ciencia. Ése es precisamente el carácter que define, no sólo a Lidenbrock, sino a la mayoría de los individuos que se dedican a la espeleología. Porque hace falta una vocación a prueba de bombas para decidirse a penetrar en los inextricables laberintos de las profundidades de la Tierra poniendo en peligro la propia integridad física, con el solo fin de aportar nuevos datos y sustentar en cimientos más firmes el edificio de las ciencias naturales. Un temperamento impetuoso, emprendedor, que no atiende a más razones que las científicas, que está dispuesto a arrostrar peligros, a dinamitar escollos, a perseguir sus objetivos contra todo pronóstico negativo, a despreciar la cortedad de miras y los consejos timoratos basados en valores pequeño-burgueses como la seguridad, la estabilidad o la prudencia.

"Huir sería, por lo tanto, conformarse a las leyes de la más elemental prudencia. Pero no parece que hayamos venido aquí a ser prudentes. Continuamos, pues, adelante". (Ibid., cap. 34)

Afirmaba Julio Verne que "todo lo que de grande se ha realizado ha sido hecho en nombre de esperanzas exageradas", y a esta filosofía parecen responder la mayoría de los héroes (y anti-héroes: Nemo, Robur...) de sus novelas, incluido Lidenbrock.
Por nuestra parte, no podemos dejar de imaginarnos al profesor Otto Lidenbrock, aunque no concuerden con los descritos por Verne, con los rasgos físicos del insigne James Mason, pocos años antes de su interpretación de Humbert Humbert, en la mejor de las muchas versiones cinematográficas de la novela, la del año 1959. Dirigida por el artesano Henry Levin, el film contaba con los impagables efectos especiales del verdadero artista en la sombra, Ray Harryhausen, que utilizó iguanas de verdad para retratar las bestias antediluvianas con que se topan los personajes en su incursión subterránea. Pero no adelantemos acontecimientos.

 

Iguana film

El personaje de Axel es el contrapunto al de su tío el profesor Lidenbrock. Aunque no se especifica su edad, nos lo imaginamos como un muchacho de unos dieciocho años, enamorado de la ahijada del profesor, estudiante de ciencias naturales, pero aún inexperto en las ciencias de la vida. Axel será embarcado contra su voluntad por su tío en la fantástica expedición, sin que de nada le sirvan las diferentes excusas que alega para librarse de emprenderla o para abandonarla a medio camino.Axel Riou A lo largo del viaje, el renuente Axel, convencido de que todo lo que le interesa está en la superficie terrestre y nada se le ha perdido en el centro remoto, va interponiendo constantes objeciones de tipo teórico y práctico como freno a lo que considera delirios de su tío. Como le conoce bien y sabe que no admitirá más argumentaciones que las basadas en razonamientos científicos, le ataca por ese flanco con la teoría entonces dominante (y aún hoy vigente) del fuego central. Nadie puede ir al centro de la Tierra porque ese núcleo es un magma incandescente de elevadísima presión y temperatura. ¿Quién no estaría de acuerdo con Axel?

Axel.Grabado de Édouard Riou

 Pero nada pueden las razones frente una razón de orden superior.

 

Fuente:

Eneko Pastor: "Las lecciones de abismo del profesor Verne", en :

 

 

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