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Sima Pito, hace más de 30 años

Cuadernos de opinión Miércoles, 09 Enero 2008 16:00

 

Al principios de los años 70, la Málaga bulliciosa y pueblerina de la época, era invadida de jóvenes extranjeros que nos traían nuevas costumbres, nos hacían mirar al futuro con grandes ojos de curiosidad y extrañeza, eran los tiempos de largas melenas en los hombres, las minifaldas de las chicas, los pantalones de campanas y unos modismos nuevos que la juventud de esos años queríamos copiar a cal y canto, para parecernos un poco a la Europa libre de la que en algunos corros se comentaba, no sin cierto recelo y desconfianza.

En los movimientos estudiantiles aun se hablaba de aquel mayo del 68 del que hoy muchos presumen de haber estado pero que en aquellos días, la verdad sea dicha, no sabíamos muy bien lo que significaba.

Los que podían, juntando un duro por aquí y otro por donde se podía, solían frecuentar tabernas como La Buena Sombra, La Alaska, Casa Flores, La Valdepeñense, La Campana y un montón de “garitos” baratos en los que poder disfrutar de un vino, una buena tapa, una charla y si la cosa se daba bien, hasta poder ligar, cuestión esta, harto difícil en los inicios de la nueva década.

Pero no todos los jóvenes de esa Málaga nueva se reunían en estos sitios, había un hogar donde se forjaron un montón de jóvenes que mas tarde formarían parte de la vida cultural, social, científica, política etc. de la actual Málaga moderna de hoy.

En el Hogar que por aquellos años la O.J.E. tenía en la calle Tejon y Rodríguez, el Hogar Cruces Pozo fue sin duda alguna, la cuna de muchos de estos hombres de hoy. Las actividades de este Hogar, iban desde el aeromodelismo hasta la radio, pasando por aire-libre, fotografía y un largo etc. actividades como la arqueología y la espeleología, dieron fama y nombre a este Hogar en el ámbito cultural y juvenil de aquellos años.

En una Semana Santa Malagueña, con olor a romero y a incienso quemado, a cirios humeantes y nazarenos con capirotes, (71-72) el Grupo de Espeleología de ese Hogar, tenia previsto una incursión en la sierra de Manilva y aprovechando las fiestas, un Miércoles o un Jueves Santo, un equipo de jóvenes espeleólogos malagueños se dispusieron a viajar hasta el lugar y adentrase en las entrañas de la tierra. Durante tres o cuatro días la misión de estos hombres era la explorarción de las cavidades y simas que se tenia en el plan de marcha. (No recuerdo sus nombres)

Tras terminar de topografíar una de las cuevas que estaban en el programa de actividades, el equipo se dedico a “patear monte” durante un buen rato y se topó con un agujero que daba buena impresión, espeleológica, naturalmente.

Ese mismo día se hizo una primera entrada y se descubrió un pozo, al parecer bastante profundo y se acordó dejar la exploración para la mañana siguiente dado que la noche se echaba encina, el camino era duro y desconocido y había que regresar a la base.

Al día siguiente y después de un desayuno tipo OJE, el equipo emprendió la marcha monte arriba para adentrase en el nuevo agujero recién descubierto.

Acompañaba a esta expedición un “aprendiz” de Radio que se empeñaba en mostrar al mundo entero la apasionante vida del mundo subterráneo, la vida de este deporte, quería mostrar a la gente, la apasionante aventura del espeleólogo. Al tal “aprendiz” le encomendaron las tareas de apoyo logístico y seguridad, de esta forma, Carlos Díaz, ayudó a bajar hacia la sima a aquellos hombres, haciéndoles  la seguridad, tras bajar todos, se les bajo la comida y él quedaría para volver a prestar la seguridad a la subida. Los que estuvieron en esa exploración, recordaran como Carlos, aburrido y neófito en esas tareas, abandonaba a sus compañeros con un total desconocimiento del trabajo y la responsabilidad que le habían encomendado.

Afortunadamente, tras largas horas de exploración y con auto seguridad, el equipo volvió a la superficie y regresó a la base.

Cuando el grupo regresó al campamento base bien entrada la noche, lo hizo con una alegría inusual, la nueva sima era bastante curiosa e importante y había que continuar con su exploración, pero había que ponerle un nombre y entre todos acordaron bautizarla con el apodo de aquel “aprendiz” e inexperto espeleólogo, la sima se llamaría Pito, Sima Pito Díaz.

Carlos Díaz, nunca olvidara aquel día, porque unos hombres de coraje le dieron una lección que difícilmente olvidara.

No puedo recordar el nombre de los componentes de este Equipo de exploración y me entristece enormemente, porque entre ellos, figuraban algunos compañeros, que perderían mas tarde su vida en tan apasionante deporte cultural.

Sirvan estas líneas como un pequeño homenaje a quienes por el deporte, la ciencia y la cultura, perdieron su vida.


Carlos Díaz
Armilla (Granada).

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