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La primera vez

Cuadernos de opinión Domingo, 14 Octubre 2007 17:34

 

La había visto otras veces pero no le presté atención. Aquel día, sin embargo, fue diferente. Allí estaba, cerca de la playa, bañada por los rayos solares y la brisa marina. Me acerqué con disimulo y con la mirada recorrí toda sus curvas. Mentalmente estudiaba el lugar adecuado para, tal vez con un simple roce, romper el hielo y abordarla.

Por fin me decidí y mis torpes manos tropezaron contra ella. La verdad es que no sabia que hacer en esos momentos. El ambiente caluroso y seco, se hacia tenso por momentos. Tembloroso y con los nervios a flor de piel me lancé, “ahora o nunca” me dije y la toqué. Primero una mano y luego las dos empezaron a acariciar su calida superficie, mis inexpertos dedos buscaban con ayuda de mis ojos el lugar idóneo para comenzar.

 

Ella no decía nada. Tan solo se limitaba a ser el convidado de piedra, el testigo mudo de mis actos, cómplice y victima de mis deseos.

Empecé muy despacio, lentamente, tratando de no hacerle ningún daño innecesario. Yo sabía que no era la primera vez que ella sentía aquello. Otros lo hicieron antes y se que muchos otros lo harán después, pero eso no me importaba. Allí estábamos los dos. Ahora me tocaba a mí y decidí vivir cada instante de aquel momento, no olvidarlo nunca, porque estoy seguro que para ella seria uno más.

Poco a poco aumentaba el ritmo de mis movimientos. Estaba cansado y jadeante, el sudor empapaba mí torso y algunas gotas al caer cubrían la desnudez de ella. La temperatura subía rápidamente, el calor era insoportable y aunque la postura no era la más cómoda, yo no quería parar… No, y me lo repetía una y otra vez, no parar hasta el final, esa era mi consigna y en eso estaba. De vez en cuando bajaba el ritmo, un suspiro y continuaba sin parar, hasta alcanzar el objetivo. Yo notaba que el final cada vez se acercaba más y más, y cada vez más rápido.

Los últimos momentos están un poco borrosos. Sólo recuerdo mis sudorosas manos sosteniendo e introduciéndole a ella aquello hasta el fondo y un par de movimientos, sacudidas mejor dicho, como dos golpes secos. Fue la culminación. Mientras me apartaba y me sentaba para retomar el aliento, la miraba con ojos orgullosos. Ella, impasible, ni se inmutó, y en su interior mi huella, mi obra, fruto del deseo y de la pasión, una pasión por descubrir nuevas experiencias, como la que acababa de vivir. Recostado sobre ella, miraba al cielo y daba gracias por haber sido privilegiado con aquella vivencia.

Recogí mis cosas y mientras me alejaba, volví la mirada hacia ella, despidiéndome. Después y en el correr del tiempo hubo otras veces y otras protagonistas, pero en honor a la verdad he de decir que ninguna fue como en aquella ocasión, cuando puse un spit por primera vez.

  por Sebastian Aguilar en el Karstigo del GES

 

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