BANNER_SOCI_02.jpg
 
 

Algo se muere en el alma...

Cuadernos de opinión Miércoles, 31 Octubre 2007 17:30

Un articulo de Rogelio Ferrer del año 1995 extraido de la revista El Kartisgo. A pesar del tiempo transcurrido se puede extrapolar  la situación a estos tiempos, donde las Empresas campan a sus anchas mientras a los espeleologos se les prohibe la entrada.
El Gurú Rogelio ya lo veia de venir...
Luis Martinez
Eran las 11:30 horas de la noche del viernes, habíamos terminado ya con el habitual rito de equiparnos y estábamos dispuestos a entrar por Gato para continuar la exploración en el mismo punto donde la semana pasada lo habíamos dejado. A nivel personal he de reconocer la profunda impresión que siempre me ha causado esta cueva, quizás sea por lo tortuoso de su pasado, quizás por su leyenda, la cuestión es que fue la primera cavidad que explore con el GES de la SEM  y quizás también sea por esto, por lo que la memoria espeleológica se remite inmediatamente a ella con especial cariño que se le tiene a la primera vez.

Quince horas más tarde dormíamos unos contra otros entre las rocas de la Sala de las Dunas. Habíamos terminado de topografíar una de las galerías laterales de esta sala, incluyendo una escalada y el descubrimiento de unas preciosas arborescencias de aragonito. En ningún momento logré pegar ojo, el frío me hacia dar vueltas sobre la húmeda arena del suelo, mientras escuchaba,  no sin cierta envidia, los ronquidos de algún compañero. Tres horas mas tarde, entre bostezos y tiritones, nos encaramamos en otro techo de la cavidad, el resultado fue una nariz sangrando y un "por aquí no tira". El domingo a medio día salíamos por  Gato, cansados, ojerosos, cargados de anécdotas que estábamos deseando contar y esbozando una sonrisa que nos hacia cómplices de una inolvidable camaderia.

¿A que viene todo esto?

En una visita con motivo de unas practicas de un curso de Bioespeleologia, me invadió una repentina y profunda sensación de tristeza, el motivo aunque ¿lógico? Pero vaticinado muchos años atrás, no era otro que la presencia de un autobús a la entrada del carril de Hundidero. No había terminado de recuperarme de la primera impresión, cuando llegaba la segunda en forma de furgoneta por el carril: diez jóvenes embutidos en idénticos neoprenos, capitaneado por algún espeleólogo veterano, sonreían  a la zaga de la nueva aventura que les esperaba. Aquel paisaje magnificado por mi tantas veces de repente se me hizo ridículo, casi vulgar. Pensé para mis adentros "la enorme maestría del hombre para ridiculizar las maravillas naturales a las que tiene acceso", la última vez que estuvo por allí dejo una profunda cicatriz en forma de presa, cables e hierros. Hoy la versión tiene otras connotaciones, quizás menos espectaculares si se quiere pero para mí igual de dañinas. La cuestión que parece que la cueva ha de pagar la afrenta cometida hace más de cien años, donde el hombre cedió en su pulso contra la cueva.

La sensación que me invadía se agravaba cuando pensaba que eran precisamente aquellos que en su día exploraban sus galerías, los que atravesaban sus lagos y los que intimaban con ella, los que abanderaban estas iniciativas bajo la poderosa razón "si no lo hago yo, lo harán otros".

Quiero dejar bien claro que no estoy en contra de las visitas, ni mucho menos. Pero a lo que si me opongo es al salvaje ritmo en el que parece haber entrado la cueva, sin importar el número, ni la calidad de los que entran, siempre y cuando sea por un precio razonable. Y como comprenderéis, obvio todo comentario acerca de la seguridad y la formación tanto de guías como de visitantes.

Puede que sea un planteamiento radical e incluso elitista, pero si me pongo a analizar el fondo de la cuestión, no es el romanticismo, ni las ansias de exploración, ni siquiera el afán meramente deportivo, lo que mueve a los que optan por este tipo de iniciativas, sino los alargados tentáculos del hombre por el preciado metal... una vez mas.

Y la verdad es que eso duele porque sabemos perfectamente que por mucho esmero que pongamos al final sierre habrá un perjudicado, un débil, alguien que no protesta aunque se le pise, y ese para mí es el mismo que nos ha entregado todo desde su silencio: el medio subterráneo. Es quizás por esto que no puedo evitar recordar otros tiempos en que la espeleología por catalogo aun quedaba lejos.
Share it
pinterest